lunes, 8 de julio de 2013

Estampas de viajes: Los fantasmas de las minas

Este texto apareció por primera vez en el blog de literatura "Literatura en Volendam" y, después, en "Nuevas Letras".
Aunque dedicado a un buen amigo que veranea por la zona, pretende ser una estampa al recuerdo de las minas que se abrieron en Rodalquilar, San José y otros lugares de la provincia de Almería. Lugares que hoy pocos recuerdan y cuya memoria el tiempo y la desidia de los jóvenes van dejando morir.
"A J.G.M.,
por aquella alemana...


Los paisajes del Mediodía español están plagados de caminos donde uno podría perderse con facilidad, castigado por el ardiente sol que brilla en el sureste peninsular.
Es precisamente en uno de estos caminos que atraviesan lomas peladas y llanos donde crecen los cardos, donde tuvo lugar la historia que traigo para vosotros.
Cuando el sol luce más alto en el cielo despejado del Cabo de Gata, cuando el paraje está desierto, salen de la tierra los fantasmas de las minas circundantes.
Siguen allí, cerca de Rodalquilar, Las Negras, San José y La Isleta, buscando oro para pagar el viaje al Inframundo.
No son los típicos fantasmas que aparecen de noche en los pueblos y ciudades de todo el mundo, no. No son de esos cuyos aullidos se escuchan por los pueblos del Parque, no. No son de esos que pretenden asustar a los infelices que, confiados, se adentran en la oscuridad de la noche, no.
Estos fantasmas se apostan en el recodos del camino, donde hay alguna sombra. Allí esperan a los caminantes que buscan refugio contra el fulgor del astro rey.
Cuando los viajeros se detienen junto a los fantasmas, estos les hablan de las maravillas que encierran aún las minas en sus entrañas.
Si el viajero es alguien ávido de fortuna a no importa qué precio, su perdición será hacer caso de los consejos de los espíritus. Una vez que haya entrado en la mina, deseoso de encontrar cuantos tesoros se le han prometido, su alma quedará encerrada allí para siempre.
Si el viajero es alguien de corazón noble y rechaza lanzarse a buscar tesoros que pertenecen a quienes antaño trabajaron la mina, el fantasma los dejará seguir su camino. El viajero podrá descansar en aquel rincón, calmar su sed y disfrutar de la conversación con un alma de otro tiempo, un recuerdo de aquellos parajes.

Pero sería fácil, pensaréis, rechazar la proposición de los espíritus una vez que os los encontréis a la vuelta de un requiebro del camino. Nada más lejos de la realidad.
No hay forma humana de saber si quienes os regalan los sueños de riqueza, son o no almas de este mundo. Son tan hermosos sus discursos, que es difícil desprenderse de la idea de amasar oro y piedras preciosas en grandes cantidades con solo adentrarse un poco en las minas. Estos fantasmas saben bien cómo encandilar a los hombres codiciosos, a los ladrones y a los avaros. Llevan décadas reclutando almas envidiosas para que caven en las minas a las que ellos mismos están atados.
Una vez encontré a uno de estos fantasmas. Era un día despejado, el sol brillaba en su cenit, y el Parque estaba completamente desierto.
Estuve tentado a entrar, pero había escuchado las historias sobre alemanes e ingleses que no habían vuelto de su ruta, así que decidí volver cuanto antes a casa y escribiros esta advertencia".

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